No ha parado desde bien temprano. Como todos los días. Su despertador ha roto el silencio de la noche con ese timbre insoportable que no soporta y que no le importó elegir en su día a sabiendas de que lo iba a terminar odiando. Desde ese momento, todo bajo cronometro: La ducha, arreglarse, preparar los desayunos, despertar a sus hijos, vestirlos, llevarlos al colegio. Todo como si de una prueba olímpica de contrarreloj se tratase. Llegan a la puerta y los niños suben la rampa del colegio para dirigirse cada uno a su clase. Ella espera paciente: Tras unos pasos, el pequeño se detiene y se gira diciéndole adiós con la mano. El mayor… se está haciendo mayor, y ni siquiera hace el amago de detenerse. Cuando ya están dentro del edificio, se retira echando un último vistazo de seguridad para cerciorarse de que están definitivamente en el interior y echa a andar esquivando el ejército de padres y madres que, como ella, practican cada día con sus hijos el ritual de entrada al colegio. Camina tranquila hacia el bar que está en la esquina de esa misma calle. Uno de esos que se encuentran cerca de las escuelas y que se llenan de padres a la misma velocidad que se cierran las puertas del colegio. Entra, saluda, pide un café con leche y se dirige al fondo donde le aguarda su mesa alta de siempre desde la que divisa todo el local. Se quita el abrigo, se sienta, y apoyando sus codos en el tablero, pone las dos manos sobre su cara mientras se frota los ojos en señal de cansancio. Allí están los de siempre. El barrendero, que para todos los días a la misma hora y pide un carajillo para calentarse mientras escucha la tertulia mañanera por el auricular que lleva en su oreja izquierda, y que le sirve para sacar temas de conversación con el camarero que está en la barra. El grupo de madres que se sientan en una mesa baja, y que piden un desayuno completo con croissant incluido pero sacarina en el café. Si están todas, la conversación suele ser una crítica hacia el colegio y lo mal que hacen todo. Si falta alguna, entonces la crítica gira en torno a la que no ha podido quedarse al linchamiento de ese día. También está, en una mesa casi escondida, la pareja que no es pareja, y hace todo lo posible por aparentar sin éxito, que no es pareja, aunque sus miradas y sus gestos les delatan. Ya se sabe lo que dicen: se besa antes con la mirada que con los labios. Y por último, esta ella. Le acaban de traer su café acompañado de dos minigalletas Lotus que nunca se come y guarda para sus hijos. Da el primer sorbo y entra en una especie de trance que le ha costado años perfeccionar. Aunque el local está inundado de ruido y con la cafetera silbando cada dos minutos, permanece totalmente abstraída. Con la mirada perdida en una nebulosa que intuye el vaivén de personas que allí se encuentran. Sin escuchar apenas nada, porque ha subido al máximo el volumen de sus pensamientos. Es su momento. Son sus diez minutos. En los que no es madre, ni esposa, ni trabajadora. Es su oasis necesario en medio de un desierto de quehaceres que no cesa nunca. Es su remanso de paz que le ayuda a coger fuerzas para todo el día. Es su lugar, donde por una vez, ella es el centro.
Sin apenas darse cuenta, el cronómetro esta a cero. Da su último trago de café, paga, y sale de aquel lugar. No solo me refiero a la cafetería. Y vuelve a las tareas, a las preocupaciones, a las prisas, al trabajo… a su vida.