Adrián Mangado.

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Relatos / Adrián Mangado

En el metro

Son las 23:59 de un sábado cualquiera en alguna estación del metro de Madrid.

El ruido del traqueteo de los vagones se desvanece dando paso a un silencio que invade la estación. Al mismo tiempo, alguien baja a toda velocidad las escaleras que llevan al andén, con la confianza de llegar a tiempo a coger el tren. Su esperanza desaparece al bajar el último escalón y comprobar que las luces del coche de cola se alejan por el oscuro túnel que lleva a la siguiente parada.

- ¡Joder! - exclama con desgana.

La estación está vacía. Mira la pantalla que indica cuanto falta hasta que llegue el próximo tren: 9 minutos.

Por desgracia, tiene tiempo. Así que con paso tranquilo recorre el andén hasta unos asientos que se encuentran hacia la mitad de este. El eco del sonido de los tacones golpeando contra el suelo a cada paso, destaca en la tranquilidad que a esas horas lo envuelve todo. Al llegar, se sienta en el sitio que está más a la izquierda. Cruza las piernas, y comienza a repasar la secuencia de sucesos que le ha llevado a perder por segundos el tren. Después de varios minutos totalmente absorta, se percata de que alguien se acerca a ella. Tarda unos instantes en enfocar la imagen, pero cuando lo hace, solo puede esbozar una tímida sonrisa que disimula como puede. Es un hombre, que la ha hecho arrepentirse de no haberse retocado los labios la última vez que entró al servicio de ese mugroso pub en el que ha pasado la noche sumida en conversaciones vacías e intrascendentes. Es alto, delgado y muy atractivo. Tiene el pelo corto y canoso. Y una barba de tres días que le sienta increíblemente bien. Están solos. Uno al lado del otro. Ambos se miran con disimulo, pero cada uno haciendo lo posible para que el otro se dé cuenta de que lo está haciendo. Y sin esperar más, comienzan una conversación en sus cabezas:

- "Hola" - no dice ella.

- "Hola" - no responde él.

La imaginación vuela por ambos lados amontonando preguntas que los dos quieren responder: Ella, piensa en cómo será su voz. Él en si tendrá pareja. Ella en dónde será su primera cita. Él en cómo besará. Ella en cómo será en la cama. Él en si encajará en su grupo de amigos. Ella en cómo presentárselo a su familia. ¿Le gustará viajar? ¿Playa o montaña? ¿Querrá tener hijos? ¿Cuántos?...

El tiempo ha pasado a toda velocidad, y antes de que se den cuenta, el tren que llevara a cada uno de nuevo a sus vidas, se encuentra ante ellos desfilando mientras reduce su velocidad hasta detenerse impasible, como si no fuera consciente de estar presenciando una historia de amor sin necesidad de palabras. Ella se levanta y se dirige hacia el borde del andén. Él no. Ella se preocupa, mientras lanza miradas furtivas que gritan para que la siga hacia el interior. Él permanece sentado sin apartar la mirada de ella, pidiéndole por favor, que no suba a ese tren y vayan a tomar algo. Ella no reacciona. Él tampoco. Ella va perdiendo poco a poco la esperanza. Él va aceptando que no será la mujer de su vida. Si no sube es porque él no siente lo mismo. Si no se queda es porque ella no siente esa conexión.

Parece que es el fin. Parece que todo se acaba. Que no habrá película perfecta que contar sus nietos.

Cuando ella ha decidido olvidarse de todo aquello y se dispone a entrar en el vagón, nota que alguien la agarra del brazo y tira de ella con delicadeza hacia atrás, impidiendo que suba. Gira la cabeza. Es él. Por fin. Se miran fijamente. No pueden dejar de hacerlo. Nada más existe:

- "Hola" - dice él.

- "Hola" - responde ella.

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