Es media tarde. Esta tumbado en la cama de su hija. Lo hace a menudo. Pero no duerme. Permanece con los ojos abiertos dejando que las lágrimas que le sobran se desboquen sin fuerza por el junco que se forma sobre su mejilla y vayan a parar a la fría almohada, como esas gotas de lluvia que caen de forma interminable de los bordes de los tejados cuando ya ha dejado de llover. Ha pasado más de un mes y la habitación esta igual. Inerte. No ha tocado nada desde que se fue, con la inútil esperanza de que, si en algún momento decidiera volver, supiese que ese siempre ha sido su lugar. Mira la pared, observando todas las fotos que antes parecían hacer ruido y llenaban de color el cuarto. Ahora parece que han perdido su alma, y apenas susurran algún recuerdo de días mejores. Da la sensación de que una de las partes lo ha olvidado. No estaba preparado para que, con trece años, su “pequeña” le dijese esa frase que nunca trae nada bueno la diga quien la diga:
-“Tenemos que hablar…”
Lo que vendría después sería una charla que a él le cogería de sorpresa, pero que ella había preparado a conciencia, ensayándola una y otra vez frente al espejo de su cuarto, ese donde tantas veces había jugado a ser mayor, y en la que le explicaba con argumentos muy bien elaborados, aunque incomprensibles para él, por que debía vivir con su madre, y no en semanas alternas, como había ocurrido los últimos doce años. Fue duro. Pero su reacción fue la que debía ser. Tragarse el dolor y no hacer las cosas más difíciles. Desde entonces ha recreado ese momento infinitas veces en su cabeza, diciendo todo lo que no dijo, pero sintiéndose tranquilo de que no debió hacerlo de otra forma. Porque no vale de nada discutir con alguien que pone tanto empeño en hacerte comprender que su punto de vista es el correcto. Además, la conoce bien, y sabe que, para haber tomado esa decisión, ya ha librado su propia batalla interna.
Ha pasado más de un mes. Y sin quererlo, su vida ya es otra. Otra que nunca deseó. Otra a la que nunca se acostumbrará. Tal vez la vea dentro de poco. Tal vez reciba una llamada que no sea para pedirle algo. O quizá no. Pero eso no depende de él.
Así que solo le queda estar, y hacer lo que haría cualquier padre que se precie: tragarse el dolor para que su hija no sufra.
Ha pasado más de un mes…