Los seguidores se cuentan por miles. Los likes por millones. Su día a día puede reconstruirse simplemente mirando las publicaciones que habitan en los perfiles de sus redes sociales. Fiestas con famosos. Viajes de ensueño. Restaurantes de estrella. Todo es perfecto. En su último video, con un montaje que hubiese firmado el mismísimo Sam Levinson, momentos de la inauguración de la nueva discoteca de moda donde se la ve bailando y disfrutando junto a lo más top de la jet set digital. Nada puede pararla. Es esa clase de personas que imaginas siempre con su mejor cara, ya sea recién levantada o justo después de haber vivido un terremoto. De esas que no necesitan las cremas y tratamientos que promocionan porque son asquerosamente perfectas. De esas. Se pone en pie, detiene la grabación en su móvil y apaga el aro de luz que lo sujeta. Sale de la habitación más increíble del mundo y se desliza por el pasillo de su casa. Una casa normal. Llega al salón. Un salón sin neones, ni bolsos de diseño, ni un gran espejo para mirar sus outfits, ni premios de Youtube. Solo es un salón como cualquier otro. Se deja caer sobre el sofá modelo VIMLE de Ikea y suspira. Está cansada. Lo que para otros es un sueño, para ella es una espiral de mentiras que la atrapa cada día más. Pero no puede salir. Ya no. Ha asumido que tiene dos vidas. Una que debe enseñar, y otra que quiere guardar por ser su pequeño lugar seguro. Una en la que se hace tratamientos faciales con diamantes, y otra en la que moja las galletas en el café. Y el gran problema es que la primera está engullendo a la segunda. Ha aprendido a esconder sus lágrimas. A llorar hacia dentro. A no poder tener un mal día. A entender que la intimidad es para las personas normales. Nunca se ha sentido más pobre. Sin pretenderlo, se ha convertido en una gran actriz. Una que no sale ni en películas ni en series, pero una actriz al fin y al cabo.
Ha pasado casi una hora. Tiene que volver. Se levanta y se dirige de nuevo a su habitación. Se sienta en su sillón de pelo color crema, y justo antes de comenzar a grabar, se ve reflejada en la pantalla de su teléfono. Ni siquiera se ha percatado de que ha estado llorando, pero los surcos resecos que descienden por sus mejillas la delatan. Permanece seria. Como si estuviese buscando fuerzas en su interior o simplemente un motivo que justifique por qué debe continuar. Tras unos segundos, rompe a llorar. El desconsuelo contrasta de forma abrumadora con todo lo que proyecta aquella habitación, un lugar donde la infelicidad no tiene cabida. No es la primera vez que le ocurre, así que sabe lo que tiene que hacer. Respira profundo, traga saliva, cuenta hasta diez, y comienza a tranquilizarse poco a poco hasta que recupera totalmente la compostura. Se seca las lágrimas, se repasa el maquillaje, se atusa el pelo y ya está lista para seguir, aunque es consciente de que cada vez que eso ocurre, un pedazo de ella se rompe y no vuelve a estar en su sitio nunca más.
Pulsa el botón de grabar. Show must go on…